martes, 9 de abril de 2013

Fiebre 'furgonetera'. Un cicloturista a la búsqueda de confort

   Aquella imponente GMC, con su monstruoso motor V8 de 6.2 litros y su acabado en negro con franjas rojas, cautivó desde un principio a Dandochepazos. A diferencia de lo que ocurría con su endeble Orbea Altube infantil, a aquella bestia autopropulsada no había obstáculo que se le resistiera; ni verjas, ni coches de policía, ni proyectiles de alto calibre. En su eterna huida de las autoridades militares, los intrépidos mercenarios del Equipo-A siempre podían contar con la fiabilidad de su vehículo para dejar atrás a sus perseguidores.

La GMC Vandura del Equipo-A, una mole de acero
sobre ruedas que arrasaba con todo. (foto:ateamvan.com)
   Brincos de varios metros en cada cambio de rasante, trompos a diestro y siniestro o choques frontales contra toda suerte de barricadas; cada capítulo de la serie era una sucesión de maniobras a cual más disparatada, de las que el poderoso automóvil siempre salía bien parado. Sí, él también quería una camioneta en la que poder viajar con su propio grupo de guerrilleros, llevando consigo todo tipo de suministros y un arsenal por si las cosas se ponían feas.

   Ahora, casi 30 años después, Dandochepazos ya no aspira a impartir justicia a base de derrapes, saltos y colisiones. Pero la fiebre furgonetera sigue presente en él, aflorando cíclicamente en forma de arrebatos obsesivos, que le llevan a pasarse días y días fantaseando con la idea de hacerse con una camper.

   Lo mismo le da que sea una Transporter que una Vito, o incluso cualquier otro modelo de más humildes prestaciones; el caso es disponer de un vehículo que le permita disfrutar como Dios manda de sus escapadas cicloturistas. Ya está bien de pensiones de mala muerte, de pasar frío y penalidades en inhóspitas tiendas de campaña. ¿Por qué no va a poder tener él su propia furgoneta equipada con cocina y mobiliario de acampada? ¿O es que va a ser menos que todos esos globeros que cada verano colonizan los Pirineos a bordo de sus autocaravanas?

PLACERES VETADOS

   Estos proyectos, no obstante, no pasan de ser ilusiones vanas, espejismos que se desvanecen ante la cruda e insoslayable realidad de un salario exiguo, unas cuentas bajo mínimos y una hipoteca por pagar. Además, dudo mucho que aún en el improbable caso de que logrará salir del abismo de la insolvencia, Dandochepazos se permitiera semejante dispendio. Con lo ruin que es, corriendo iba él a gastarse los 40.000 euros que cuesta una de esas camper, aunque pudiera permitírselo.

La Transporter California es el oscuro objeto de deseo de
los cicloturistas menos pudientes (foto:volkswagen.es)
   Sea como fuere, ahí está él una vez más, torturándose con la contemplación del catálogo de Volkswagen que tiene desplegado sobre la mesa del salón. Aquellas páginas, pobladas de fotografías a todo color, ponen los dientes largos al pobre infeliz. Carrocerías brillantes y de atractivas líneas se alternan con interiores equipados con armarios de aluminio, cocina y camas, en una sugerente galería de imágenes que lo lleva a la desesperación. ¿Qué ha hecho él para merecer esto? ¿Por qué tiene vetado el acceso a tales niveles de confort?

   –Dicen que ahora es el mejor momento para comprar; que las marcas están tirando los precios con esto de la crisis –me comenta, como tratando de convencerse a sí mismo.

   Sabedor de que todo aquello no va a ninguna parte, decido pincharle un poco para pasar el rato.

   –Pues hala, ¿a qué estás esperando? Ya me contarás cuando te embarguen la furgoneta.

   –Yo no digo que vaya a comprarla –empieza a recular­–; solo que lo estoy pensando.

   –Claro, claro; no me digas más.

   –Me da igual que me creas o no. Estoy sopesando seriamente los pros y los contras; ya estoy harto de tener que hacer malabarismos para poder meter la BH en el Megane cada vez que quiero llevar la bici por ahí.

   –Joder, ¿pero no tienes el portabicicletas ese que le mangaste a tu padre?

Para llegar hasta aquí no solo hace falta desriñonarse sobre la bici,
sino que antes hay que hacer malabarismos para meterla en el maletero.
   –Sí, pero es un auténtico coñazo. ¡Menudo tenderete que hay que montar! El portabicicletas, la bici, la matricula adicional, la placa de señalización de carga, las bridas… Al final, acabo antes quitando las ruedas y metiendo la BH en el maletero. En una de éstas –indica mostrándome el catálogo– podría llevar la bici sin problemas, y además no tendría que preocuparme de andar buscando alojamiento cada vez que voy a una marcha.

   –Todo eso está muy bien, salvo por el pequeño detalle de que esos bichos valen un pastizal, y tú no tienes un duro. Encima, ¿a quién quieres engañar? Si cada vez que tienes que gastarte cuatro euros en unas zapatas o en un bote de Isostar parece que te va a dar un mal.

   –Ya estamos –exclama indignado– como me vuelvas a llamar tacaño la vamos a tener.

   Como me da pereza enzarzarme en una de esas disputas que tanto gustan a mi pendenciero camarada, decido echarle cara al asunto y hacerme el ofendido. Le digo que nada más lejos de mi intención que tacharlo de miserable, que solo pretendía advertirle de que, dada su situación financiera, podría meterse en un problema si daba rienda suelta a sus anhelos consumistas. La de mentiras que puede llegar a decir uno. “Anhelos consumistas”; pero si éste gasta menos que Falete en clases de spinning.

Falete no da la impresión de ser un asiduo de las
sesiones de spinning. (imagen:antena3.com)
   –Te lo digo como amigo –remato con cinismo.

   La cosa, como era de esperar, no cuela; y Dandochepazos acaba mandándome a la mierda. Sin embargo, no tiene más remedio que reconocer que aquellas bellezas de cuatro ruedas se le van un poco de presupuesto. “Un poco”, sí.

 –Tal vez mirando algún modelo antiguo en el mercado de segunda mano... –me comenta, una vez que se le ha pasado el mosqueo.

 –Tú mismo; si quieres malgastar el dinero en un trasto con tropecientos mil kilómetros.... Además, con lo negado que eres para la mecánica, fijo que te endosan un armatoste con algún fallo estructural, y tú ni te enteras.

   -Sí, la verdad es que estos vehículos suelen estar bastante cascados; los furgoneteros los exprimen al máximo y no se andan con muchos miramientos.

   Dandochepazos, que parece que ha peinado de cabo a rabo el mercado, sigue desgranando opciones.

 –También he estado echando un ojo a la Dacia Dokker. Es un poco pequeña y habría que hacerle algún apaño para poner una cocinilla y un camastro; pero por 10.000 euros te puedes pillar una con un equipamiento medio decente.

    –No sé...  –digo un poco escamado– Barata ya es, la verdad; ¿pero no es esa la marca que siempre queda de las últimas en los tests de seguridad?

   A esas alturas de la conversación, empiezo a preguntarme por qué continuamos con esta farsa. Ambos sabemos que la discusión no tiene sentido; es evidente que Dandochepazos seguirá tirando de su Megane del 97 hasta que se caiga a trozos, y que nunca ingresará en el selecto club de los cicloturistas autocaravaneros. Sin embargo, allí seguimos toda la tarde, perdiendo el tiempo de mala manera mientras las latas vacías de Mahou van acumulándose sobre la mesilla. Es lo que tiene el aburrimiento.





miércoles, 3 de abril de 2013

Cutre-stage primaveral. Averías, barro y malas hierbas

   "Joder con la mierda de las ramitas, al final van a acabar haciéndome un estropicio en la BH". Un preocupado Dandochepazos conduce su Megane del 97 por un camino embarrado y rodeado de vegetación, tratando de eludir las ramas que surgen a su paso y que se enganchan a cada rato en la bicicleta que lleva colgada sobre el maletero. El coche avanza despacio, a trompicones, acelerando, derrapando y volviendo a acelerar. A cada nuevo resbalón, se hace más evidente que el conductor no es precisamente un as de la carretera, y que eso de racanear con los neumáticos no ha sido la mejor de las ideas. “No, si al final me estamparé contra algún árbol ­–piensa ante la falta de adherencia que presentan sus cubiertas Midas­–; a ver si me tiene que sacar de aquí algún aldeano con su Land-Rover”.
Pese a estar para el arrastre, un Land-Rover siempre será
más fiable que un Megane con neumáticos de marca blanca.

  El vehículo franquea una verja oxidada y unos metros después se detiene frente a un chalé de fachada desconchada y aspecto decrépito. Alrededor del edificio, lo que en tiempos fue un bonito prado ha degenerado en una apoteosis de maleza, en la que lagartos, topos y Dios sabe qué otras alimañas campan a su libre albedrío. "Esto esta que da pena verlo ­­–reflexiona mientras descuelga la BH del portabicicletas­­–, no me extraña que aquí no quiera venir ni el tato."

   Lo cierto es que el lluvioso clima del noroeste vizcaíno y el lamentable estado del chalé no hacen de aquel un destino demasiado apetecible para pasar la Semana Santa. Sin embargo, con pocos kilómetros en las piernas y aún menos dinero en el bolsillo, Dandochepazos no ha encontrado mejor opción que la casa del pueblo de sus padres para hacer una escapada cicloturista sin perder un riñón en el intento. Por supuesto que le habría gustado afinar su entrenamiento y disfrutar del buen tiempo en uno de esos stages organizados que se celebran en esta época por la costa mediterránea, pero su salario de reporterillo da para lo que da; y después de todo, aquel rincón perdido de las Encartaciones está sobrado de cuestas imposibles en las que echar los higadillos, que es de lo que se trata.

"A OTRO CON ESE MARRÓN"

   En el interior de la vivienda hace frío y huele a humedad, así que baja al garaje para encender la calefacción. Como el gasóleo de la caldera corre a cuenta de sus padres, decide que puede ser un buen momento para darse un homenaje y sube el termostato al máximo. “No es cuestión de andar escatimando en combustible, no vaya a ser que al final se acabe evaporando del depósito”, se justifica el muy ruin, que en su casa de Vitoria anda embutido en un forro polar mientras los radiadores permanecen muertos de risa. “Si no es por el dinero 
­– suele decir el mentiroso de él­­–; es que todos tenemos que poner de nuestra parte para reducir el consumo energético y las emisiones contaminantes”. Tan loable compromiso, como se ve, no tarda en esfumarse en cuanto la factura del gasoil repercute sobre los cuartos del prójimo.

   Mientras se caldea la casa, se dedica a inspeccionar la propiedad familiar. La vetusta residencia y la descuidada parcela que la rodea están pidiendo a gritos que alguien les dé un buen repaso, eso está claro; pero no será él quien eche mano de la caja de herramientas ni quien empuñe la desbrozadora. Bastante hace ya con dar un poco uso a aquel caserón semiabandonado, como para encima amargarse las vacaciones haciendo chapuzas y arrancando malas hierbas. “Si mi padre se piensa que voy a pasarme la Semana Santa pringando, va listo; que se busque a otro para ese marrón.”
Los ácaros, asquerosos microorganismos cuyos efectos
resultan nocivos para los asmáticos. (imagen:wikipedia.org)

   De nuevo dentro del chalé, empieza a hacer los preparativos para la ruta del día siguiente, en la que será la primera etapa de su particular stage. Sin embargo, a medida que cae la tarde, una sensación tan molesta como familiar va apoderándose de él, haciendo que su atención se desvíe de los mapas hacia el pequeño botiquín que siempre lo acompaña en sus desplazamientos. Primero es un leve picor de garganta, apenas perceptible, que luego va haciéndose más y más fastidioso, hasta acabar en una manifiesta dificultad para respirar. “Mierda, ya me estoy ahogando. ¿Dónde habré puesto el Ventolin?”, se lamenta en pleno ataque fatiga. La cosa era de esperar, pues con las moquetas y sofás de aquella casa infestados de dañinos microorganismos, lo más normal es que su asma crónica acabara manifestándose más pronto o más tarde.

   Tras aplacar los pitidos y carraspeos a base de varias inhalaciones de salbutamol, se acuesta temprano y se duerme con la radio sintonizada en El Partido de las Doce, que un día más prosigue con su insustancial pero amena cháchara pseudofutbolística.

DURA PUGNA CONTRA LA PEREZA

   A la mañana siguiente se levanta ilusionado con la jornada que le espera: una sesión intensiva de subidas por carreteras de montaña y pistas de hormigón, entre caseríos, ovejas y repetidores de telecomunicaciones. Pero la alegría se va tan pronto como levanta la persiana y comprueba que, como de costumbre en aquella comarca, la niebla y la llovizna enturbian el paisaje con un triste velo gris, que quita las ganas de coger la bicicleta hasta al más animoso de los globeros. La tentación de volver a la cama y quedarse leyendo alguno de los tebeos juveniles que sobreviven en el camarote se vuelve por momentos irresistible. No obstante, tras una dura pugna con la pereza que lo invade, logra sobreponerse y empieza a prepararse para chupar agua y frío a lomos de su montura de aluminio. Ya habrá tiempo después para Las Aventuras de Tintín y las escaramuzas de El Jabato.
El Jabato no deja títere con cabeza. Bárbaros, salvajes o romanos,
todos sucumben ante su empuje. (imagen:todocolección.es)

   La etapa inaugural de su concentración cicloturista transcurre con normalidad hasta que, bajando un camino de cabras reconvertido en pista de hormigón, un extraño chasquido y un tintineo metálico lo ponen en guardia. “¡Hala, la primera en la frente!”, exclama para sí, al comprobar que el alambrillo que acciona el pivote del freno trasero se ha desprendido, haciendo que una de las zapatas se quede fija sobre la llanta. Apañando de mala manera el mecanismo, logra que los brazos vuelvan a su posición, aunque es consciente de que el precario arreglo puede darle un disgusto en cualquier momento. 

   En un principio, piensa en adaptar el itinerario a las circunstancias, más que nada para no romperse la crisma en el descenso de las brutales rampas que aún debe afrontar. La prudencia, no obstante, no es cosa que vaya con él, de forma que al final se mantiene en sus trece y termina la jornada con las subidas a Jornillo y Gordón, con desniveles máximos del veinte por ciento. Afortunadamente para él, el improvisado apaño que ha hecho con el muelle del freno aguanta en la bajada de ambas ascensiones, y consigue regresar con bien al campamento base en el que ha convertido la casa de campo de sus padres.


   Los días siguientes discurren por similares derroteros, con Dandochepazos debatiéndose cada mañana entre la flojera y sus buenos propósitos. A pesar de que el mal tiempo apenas da alguna tregua, se sorprende a sí mismo empalmando cuatro días consecutivos de salidas en bicicleta, algo nunca visto desde sus tiempos de mountain-biker. En sus excursiones por el agro vizcaíno, se reencuentra con las rampas de Avellaneda, en las que muchos años atrás, sobre su Orbea Altube infantil, se las vio con su primera pájara. También tiene oportunidad de dar rienda suelta a su enfermiza afición por los ambientes decadentes, deleitándose en la contemplación de los coches destartalados y la maquinaria agrícola oxidada que prolifera en los barrios de montaña de Zalla y Sopuerta.

Dandochepazos no se anda con miramientos a la hora de
limpiar la  bici; manguerazo y a otra cosa. (imagen:leroymerlin.es)

   Contra todo pronóstico, el pivote del freno sigue manteniéndose en su sitio pese al castigo al que el muy cabestro somete a su BH: vías parcelarias, caminos de tierra o pistas de hormigón rayado que no llevan a ninguna parte; le da lo mismo. El barro se acumula sobre la bici en cada salida, pero él no es de los que se anda con remilgos a la hora recurrir al manguerazo. “Digan lo que digan, no hay mejor manera de limpiar la transmisión que un buen chorro de agua a presión”, suele afirmar con su habitual falta de sentido común.


   En la víspera de su regreso a Vitoria, la mala conciencia lo lleva a ponerse al mando de la cortacésped para adecentar un poco el prado que se extiende frente a la residencia. Vago como el solo, lo único que pretende es cumplir el expediente haciendo unas cuantas pasadas. Un pequeño contratiempo, provocado por su negligente manejo de la máquina, le da la excusa perfecta para quitarse de en medio cuando apenas lleva 15 minutos de trabajo.


   
­–Aita, se ha jodido la cortacésped –se apresura a informar a su padre por teléfono.

   
­–¡Pero qué has hecho, insensato! 

   
­–Yo, nada; pero se ha soltado un plastiquillo negro que hay en el lateral, y la hierba sale disparada por el hueco.

   Aliviado, su padre le indica que no se preocupe, que basta con apretar un poco para volver a colocar la cubierta en el chasis del cortacésped. Lo que no sabe es que su hijo, que no está dispuesto a seguir acarreando el pesado armatoste campa arriba y campa abajo, no tiene intención de mover un dedo para reparar la máquina.

El flamante cortacésped del padre de Dandochepazos
a punto estuvo de irse al garete. (imagen:Leroymerlin.es)

   
­–Mira, para mí que va a ser mejor que tú le eches un ojo, porque con estas cosas toda prudencia es poca ­–se escaquea el muy hipócrita, que ahora se las da de cauteloso después de haberse pasado los últimos cuatro días subiendo y bajando puertos con un freno medio roto.

   Dandochepazos apura las últimas horas de sus vacaciones trasegando Mahous y comiendo encurtidos, mientras relee los cómics que ha rescatado de la buhardilla y combate los esporádicos síntomas de asma a golpe de Ventolin. Al día siguiente se despierta temprano, desayuna un huevo frito con chorizo y empieza a preparar sus bártulos. Afuera vuelve a llover.


   Tras colgar su montura en el portabicicletas, entra en el Megane y gira la llave de contacto. Las ruedas derrapan sobre la superficie embarrada y despiden trozos de tierra en todas direcciones; pero el vehículo, falto de tracción, sigue sin moverse. Finalmente, después de varias tentativas y muchos juramentos, logra salir de aquel cenagal y enfila el coche en dirección a la carretera. “Joder, algún día alguien tendrá que arreglar este camino, que tampoco cuesta tanto echar un poco de hormigón y desbrozar las cunetas”, piensa en su avance por la vereda. 


   Por momentos, las ramas de avellano que surgen desde ambos lados de la pista amenazan con echar abajo el tenderete que forman el portabicicletas y la BH, aunque al final el desastre no llega a consumarse. Una hora después, Dandochepazos llega a Vitoria con el coche lleno de mugre pero con la satisfacción de haberlo dado todo en su cutre-stage primaveral.




miércoles, 27 de marzo de 2013

Sensiblería y altercado. Lacrimógena historia de un escalador

 (Nota del autor: corregida y mejorada, se reproduce a continuación la entrega final de la serie de colaboraciones que quien esto escribe realizó en su día para la revista Desdelacuneta. Se agradece la paciencia de los asiduos de este blog con estos insufribles artículos, que el autor se ha visto obligado a 'repescar' en momentos de apatía, falta de inspiración y saturación mental.)

   
   Dandochepazos no es muy dado a leer libros; y de comprarlos, mejor ni hablamos. Bastante tiene con los cómics, el Marca y las revistas de ciclismo, como para andar calentándose la sesera con gruesos volúmenes de mucha letra y poca foto. Además, para alguien como él, que gorronea sin medida y piratea a todo pasto, eso de pasar por caja es siempre la última de las opciones.

Increíble pero cierto; el libro no era producto del
latrocinio ni del gorroneo. (imagen:cultura-ciclista.com)
   Sin embargo, allí está él; con el libro debajo del brazo y un tique que acredita que no lo ha mangado de la librería ni sableado a algún alma cándida. “Un hombre en fuga. Gloria y tragedia de Marco Pantani”, puede leerse en la portada, sobre la calva del Pirata.

   Nunca creí que pudiera ocurrir tras sus traumáticas experiencias con Tiempo de Silencio y otras lecturas obligatorias de su época del Bachillerato, pero parece que Dandochepazos está dispuesto a dar una nueva oportunidad al mundo de las letras; y encima, rascándose el bolsillo. Todo sea por su admirado Pantani, integrante junto a Álvaro Pino y Greg LeMond, de su triunvirato de ídolos del pedal.

   ­–Aún recuerdo esos demarrajes de fuego y tormenta; esa aniquilación que desataba en cada rampa, en cada puerto  –me explica mi camarada, que de repente se ha puesto entre lírico y trascendente.

   Aunque su ramalazo seudopoético es sin duda merecedor de mofa y escarnio, consigo contenerme. Lo de Pantani es un tema sensible, un drama que nunca ha superado. Para Dandochepazos, el ciclismo profesional nunca volvió a ser lo mismo desde que el entrañable calvorota fue descubierto con la EPO fluyendo a borbotones por su esquelético organismo. Así que pocas bromas con este asunto; porque no sería la primera vez que mi pendenciero colega llega a las manos con quien osa censurar a su ídolo de juventud.

   ­–Era espectacular ver cómo el Mercatone le preparaba la aproximación y el inicio del puerto para que reventara la carrera  ­–continúa en ese tono que suele emplear cuando se dispone a dar una de sus charlas.

   Luego, como tantas otras veces cuando sale el tema, la tabarra pasa a una fase de desvarío total, en la que la figura del escalador italiano parece adquirir dimensiones de semidiós. Sus controvertidos éxitos se convierten así, en boca de mi socio, en gestas ejemplares; y su turbia relación con el dopaje se difumina en una deslavazada sucesión de excusas y justificaciones. Este chaval es de lo que no hay; cuando se trata de los cambalaches farmacológicos de Eufemiano, Belda y el Señor del Solomillo, toda sanción es poca; pero cuando la cosa va sobre los trapicheos de Pantani, la severidad se torna en indulgencia. Ya se sabe, la ley del embudo en su máxima expresión.

   Son ya muchos años escuchando la misma historia, así que sé que a continuación me espera una ración de melodrama made in Dandochepazos.

Al pobre Marco también lo pillaron con
el carrito del helado. (imagen:playmobil.es)

   ­–Volvía tan tranquilo de la Universidad; y nada más entrar por la puerta de casa, ¡el mazazo! –me explica, como si no me hubiera relatado tropecientas veces la forma en que su hermano mayor le dio la terrible noticia de la descalificación de Pantani en el Giro de 1999, cuando lideraba la carrera y ya había ganado cuatro etapas,  por superar la tasa de hematocrito permitida.

   Irremisiblemente, su monólogo sigue a continuación por derroteros ya conocidos, con un repaso de los últimos años de la carrera y la decadencia personal del bravo tirillas de pañuelo, perilla y pendiente. La matraca acaba – por fin–, con sus lamentos de rigor por la muerte prematura de Pantani, a los 34 años de edad, hundido en la droga y la soledad.

   –Es una historia triste, que aún hoy me hace sentir una especie de escalofrío, como una punzada en las entrañas –me confiesa al término de su lacrimógeno relato.

   Incapaz de aguantar por más tiempo semejante exceso de sensiblería, decido cortar por lo sano, aún a riesgo de desencadenar una trifulca.

   –Mira, no me seas moñas –le advierto–; que hartito me tienes ya con tanto Pantani y tanta monserga.

   Dolido ante lo que considera una afrenta a la memoria del gran escalador, la respuesta de Dandochepazos no se hace esperar. En cuestión de segundos, su actitud plañidera se transmuta en furia desatada, y las fatídicas palabras que salen de su boca anuncian que aquello no va a acabar nada bien.

    –¡Eso no me lo dices en la calle! –me amenaza cual macarra barriobajero. Y entonces, llega el altercado.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Bilbao-Bilbao 2013. Esperanzas, trofeos y un estercolero

   -Menuda engañifa; ¿y a esto lo llaman trofeo? ¡Hay que tener valor! ­-se lamenta Dandochepazos mientras comprueba el contenido de la cajita de cartón que le han entregado al cruzar la línea de meta. El objeto es una especie de pedrusco artificial de material compactado, con un tosco diseño en forma de 'B' y un insulso acabado en gris. “Todos los participantes recibirán un bonito premio expresamente realizado para este acontecimiento.”  Al final, la sugerente promesa de la web de aquella marcha se ha quedado en una birria de escultura, que para colmo está llena de publicidad de los patrocinadores.
El espantoso piedrolo no cumple los estándares de calidad
requeridos para lucir en una estantería. (foto:Bilbao-Bilbao.com)

   ­-¡Hala, a la basura que va! ­-Dandochepazos levanta la tapa de un contenedor y arroja aquella cosa en su interior. El trofeo de la Bilbao-Bilbao 2013 cae a plomo y golpea con estrépito el fondo del depósito de residuos. El becario, su compañero de ruta y de penurias laborales, se lo piensa un poco más; aunque finalmente decide hacer lo mismo que su antiguo mentor y se desprende también de aquel cachivache. La verdad es que el piedrolo, con sus formas anodinas y su propaganda institucional, no puede resultar más horrible.

   Unas horas antes, los dos reporterillos habían iniciado la prueba con la vista puesta en los nubarrones que se cernían sobre la capital vizcaína. Sin embargo, en los primeros kilómetros del recorrido, la lluvia y el frío no es el único motivo de preocupación para El Becario. Después de muchos meses de remoloneo y con pocos kilómetros en las piernas, el miedo a no dar la talla en las rampas de Morga ­-el único punto del recorrido con una cierta dificultad­- llena de inquietud al joven globero.

   Esta falta de confianza contrasta con la arrogancia de un Dandochepazos que, tras sus melindres del año anterior, ahora se cree el amo de la carretera y quiere imponer su ley en el pelotón cicloturista. No en vano, lleva varios meses machacándose como una fiera en el rodillo. Además, esa misma mañana, con la excusa de su alergia crónica y de unos supuestos síntomas de asma, se ha metido diez miligramos de Dacortin con el desayuno, por si acaso.

   ­-Es que tenía los bronquios un poco cerrados, y una pequeña dosis de corticoides nunca viene mal ­-se excusa el muy hipócrita, que luego es el primero en rajar contra Eufemiano y compañía por sus  triquiñuelas farmacológicas.

El itinerario no tiene secretos para quien, litrona en mano, se ha recorrido
las fiestas patronales de toda Bizkaia, (Imagen:Bilbao-Bilbao.com)
   Los kilómetros pasan despacio entre playas y montes, tractores y vacas. Getxo, Sopelana, Urduliz... Pueblos que mi camarada conoce bien de sus correrías juveniles; lugares que evocan noches de verbenas y calimocho al por mayor.

   Sobre sus monturas, los componentes de aquel dúo de juntaletras avanzan tranquilos, tratando de sobrellevar de la mejor manera posible los esporádicos chaparrones con los que la meteorología vizcaína saluda a los partipantes del evento. Como es habitual en él, Dandochepazos no pierde la oportunidad de criticar a todo aquel que se pone a tiro. Que si menudo pringado ése de la Cannondale; que si el del maillot Castelli no anda ni pa´ tras; que a ver qué se han creído los del club ése, y que si mira que hay que ser imbécil para llevar ruedas de perfil alto a una prueba como aquella. Vamos, haciendo amigos, como siempre.

   ­-¡Pero baja la voz, hombre de Dios ­-le advierte su exdiscípulo en un momento dado, temeroso de que el grupo de triatletas contra el que su coéquipier despotrica en ese mismo instante oiga sus improperios y acabe propinándoles una paliza. 

   Pese al bocazas de mi socio de blog, ambos logran llegar con bien al avituallamiento de mitad de recorrido. El Becario, no obstante,  decide entonces emular a su cafre compinche, y ejecuta una peligrosa maniobra sin motivo aparente. Su brusco cambio de trayectoria, que a punto está de costarles un disgusto a varios cicloturistas que circulan por detrás, lo lleva de un lado a otro de la calzada, de forma que acaba accediendo a la zona de aprovisionamiento por el extremo opuesto al de mi amigo. Las razones de su imprudente conducta quedan pronto al descubierto, pues en esa parte de la explanada, la entrega de bolsas de comida corre a cargo de una sonriente muchacha. Mientras, al otro lado del área de abastecimiento, su colega se ha de conformar con la displicente actitud de un voluntario mal afeitado, que molesto por la lluvia, despacha chocolatinas y agua como quien pone multas de tráfico.

   El refrigerio no es gran cosa; apenas un par de barritas de cereales, una especie de galleta con chocolate y un diminuto botellín de agua mineral. Así que ambos infelices acaban pronto con las viandas y aprovechan el descanso para ojear las imponentes máquinas de los más opulentos integrantes de la comitiva ciclista.  
La BH de aluminio descansa en la zona de avituallamiento, mientras su
propietario echa el ojo a las bicis de los participantes más pudientes.

   Entre fantasías cicloturistas, chascarrillos varios y lamentaciones de mileurista hipotecado, llegan como quien no quiere la cosa al pie del puerto de Morga, una subidilla de tercera categoría sin demasiado misterio. Sin embargo, sus escasos tramos duros, con desniveles de hasta el nueve por ciento, no tardan en poner a prueba la capacidad de sufrimiento de El Becario, que se retuerce sobre su bicicleta de carbono chino de estraperlo. Víctima de sus sedentarios hábitos de vida y de los exagerados desarrollos que lleva montados en su ilícita montura, acaba resignándose a dar vía libre a su acompañante para que suba a su ritmo.

   -Anda, tira pa´lante; que yo voy clavado.

   Dandochepazos, que ya lleva varios kilómetros con ganas de probarse, no se lo piensa dos veces. “Esta es la mía”, se dice, al tiempo que en un alarde de suficiencia, baja un piñón y hace un fuerte cambio de ritmo. Pronto empieza a superar a un buen número de cicloturistas, si bien es cierto que la mayor parte de ellos no pertenecen precisamente a la élite de este mundillo. Personas de edad avanzada, chavales con sobrepeso, bikers con mastodónticas máquinas de doble suspensión… Todos ellos sucumben ante la frenética marcha del escalador de chaleco reflectante y escarpines de neopreno, que apura los últimos metros de la tachuela a más de 180 pulsaciones por minuto.

SE VA POR EL BARRANQUILLO

   Pero su soltura en el ascenso se torna en incompetencia a la hora de enfrentarse a una bajada revirada y con el firme mojado. Además, a su habitual torpeza en lo que a trazar curvas se refiere, se le añaden los problemas de visibilidad causados por los goterones de lluvia que se acumulan en sus gafas de miope. Por si fuera poco, al muy necio no se le había ocurrido otra cosa mejor que dedicar la víspera de aquella marcha a hacer el cabra por las pistas del Ventoso, en las que había sometido a su bicicleta de carretera a una sesión de ciclocross a base de barro y nieve. Como no podía ser de otra forma, las zapatas de los frenos se habían resentido de semejante maltrato, y en el descenso de Morga, tiene que emplearse a fondo con sus manetas Tiagra para no irse por el barranquillo.

Las esperanzas infundadas y los obsequios de baja calidad
suelen acabar en el vertedero. (foto: wikipedia.org)
   No pasa demasiado tiempo hasta que El Becario, con su negra flaca cortando el aire como una flecha, le sobrepasa a toda velocidad. Sabedor de sus limitaciones, Dandochepazos ni siquiera intenta seguir su rueda.

   Reagrupados ya en las inmediaciones de Larrabetzu, los dos globeros se disponen a cubrir la última parte del itinerario, que discurre por peligrosas carreteras, polígonos industriales y núcleos urbanos en decadencia.

   Empapados y en el furgón de cola de la marcha, desembocan por fin en la Gran Vía, donde cruzan la línea de meta al borde del horario límite fijado por la organización. La cajita de cartón que reciben en reconocimiento al esfuerzo realizado es todo un detalle. Lamentablemente, el paquete y su contenido están destinados a acabar en el estercolero; como las esperanzas de Dandochepazos de terminar la prueba en los puestos de cabeza.

miércoles, 13 de marzo de 2013

La patraña del maillot arcoiris invertido

   (*Nota del autor: ¡Ojo al parche!, amigo lector. El texto que sigue a continuación es una colaboración del que esto escribe publicada en la revista Desdelacuneta.Si ya lo ha leído allí, se siente; pero ante el exceso de trabajo y la falta de lucidez mental, uno ha optado por 'repescar' aquel artículo. Si lo desea, pase sin demora a la siguiente entrada de este blog, en la que podrá encontrar material exclusivo sobre el inefable Dandochepazos)


   “¡Pues sí que la he hecho buena; mira que no doy una a derechas”, se lamenta un imberbe Dandochepazos mientras observa su nuevo maillot. Es el verano de 1990, y tras su victoria en el Mundial del año anterior, Greg LeMond ha lucido una prenda similar durante toda la temporada. Similar, pero no igual. "¡Si las rayas están al revés! Menuda mierda de maillot", le había dicho el imbécil de su vecino al verlo aparecer sonriente con su flamante Etxeondo; y, al parecer, tenía razón.

Algo no acababa de cuadrar en aquel dichoso maillot.
   Aquel no era el maillot de campeón del mundo, ahora lo sabía, sino una burda imitación con las franjas de colores en orden inverso a las del original. Las fotografías de la Ciclismo a Fondo, que Dandochepazos ha consultado con la esperanza de refutar las insidias de su estúpido compañero de escalera, no dejan lugar a la duda. Azul, rojo, negro amarillo y verde; y no verde, amarillo, negro, rojo y azul. ¿Pero qué chapuza era aquella? ¿Cómo había podido una marca de prestigio, como la que comercializaba esa prenda, recurrir a tamaña triquiñuela?   

   El caso es que a mi incauto camarada se la habían colado. Ofuscado por su admiración hacia el corredor norteamericano, había comprado aquella prenda sin reparar en la argucia del fabricante. A sus doce años de edad, el entusiasmo inicial con el se había enfundado la elástica arcoiris en la tienda se ha convertido, apenas unos días después, en amarga decepción.

   ¡Menudo Greg LeMond de pacotilla iba a ser ahora! Dandochepazos, que se había subido al carro del ciclista del 'Z' tras su victoria en el Tour de 1989, llevaba varias semanas entusiasmado con el nuevo éxito de su ídolo en la prueba francesa. Se había admirado con la historia de superación del rubio corredor, que apenas tres años antes casi palma por obra y gracia de un disparo de su cuñado durante una cacería. También le parecía impresionante que hubiese sido el primer ciclista de ruta que utilizó un manillar de triatleta en una contrarreloj. ¡Qué tenaz! Qué visionario! Al muy inocente, todo en Greg LeMond le parecía prodigioso y sin parangón.

   El disgusto por el maillot de campeón del mundo que no era tal fue desapareciendo poco a poco, aunque mi amigo nunca volvió a llevarlo con la misma alegría y orgullo. Además, pocas tardes de gloria quedaban ya al corredor de Estados Unidos, que ya no volvió a lucir las franjas multicolores en su pecho ni a ganar ninguna carrera importante.

   Llegaba la 'Era Indurain', y el rencoroso Dandochepazos, que atribuía el declive de su ídolo a la explosión del navarro, pasaría muchos años remando a contracorriente de la ola de fervor popular que despertaba la figura del Banesto, aguardando a que llegara su hora y a que alguien acabara con aquella tiranía.